Fachadas verdes: los pulmones de las grandes ciudades

De la población rural a la ciudad gris

La actual estructura de las grandes ciudades es el resultado de un desarrollo urbanístico que adopta un cambio sustancial a partir del siglo XIX, con la Revolución Industrial. La progresiva industrialización de las urbes motivó una paulatina integración de la población rural a las nuevas metrópolis y a las incipientes ocupaciones surgidas del desarrollo fabril.

Así, la configuración de las ciudades preindustriales, organizadas comúnmente por un centro en el que se asentaban el poder económico, político y religioso, se ve transformada en la época industrial modelando urbes en las que fábricas y barrios obreros se emplazan en las zonas exteriores, un ensanche ubica a la burguesía, y una zona central alberga la actividad comercial y administrativa.

Este desarrollo de la ordenación urbana evoluciona hasta llegar a la ciudad postindustrial, que surge en la década de los setenta del siglo XX, y que coadyuva a que el transporte, la vivienda, el medioambiente y la salud de la población se convierten en asuntos prioritarios que los gobiernos locales deben atender para atajar los inconvenientes derivados del crecimiento: contaminación atmosférica, atascos, elevados precios de la vivienda y un modo de vida que lleva al estrés y el aislamiento.

Fachadas verdes para ciudades grises

Ciudades masificadas y conformadas para dar respuesta tanto a las necesidades industriales como al rédito económico de las constructoras y las promociones inmobiliarias (en ocasiones a la sombra de la prevaricación urbanística), conforman en la práctica núcleos urbanos a los que el ser humano debe adaptarse, cuando la lógica apunta a una estructuración contraria: que sea el diseño urbanístico el que se adapte al ser humano.

Por suerte, en un buen número de ciudades del mundo esta tendencia, arquetípica en buena parte del globo desde mediados del siglo pasado, se está revirtiendo a través de iniciativas verdes que buscan paliar los efectos de la polución y de la angustia vital que supone para el urbanita la vida alejado de la naturaleza.

fachadas verdes

Bajo este tipo de iniciativas, las fachadas verdes se erigen como verdaderos pulmones de las grandes ciudades que aportar aire puro gracias a las plantas utilizadas en los edificios, ya que proporcionan a los cascos urbanos más contaminados del mundo elementos vivos que propician una serie de beneficios inestimables, pero utilizando elementos verticales y a menudo infrautilizados, por lo que su ubicación no supone un enorme gasto en espacios horizontales, cuyos suelos son extremadamente caros.

Los beneficios que aportan las fachadas verdes a las ciudades benefician a las urbes y a sus habitantes. En el aspecto medioambiental, las fachadas ajardinadas reducen el efecto «isla de calor» en las grandes urbes, producen oxígeno (un metro cuadrado de fachada verde produce el oxígeno que una persona necesita en un año), reducen el riesgo de inundaciones, filtran gases nocivos y metales pesados (dejando un aire más puro y menos contaminado gracias a las plantas) y reducen  la contaminación acústica en el edificio que lo instala (un jardín vertical o fachada verde la reduce hasta en 10 decibelios). Así mismo, las fachadas vegetales sirven como aislante térmico natural, proporcionando hasta cinco grados adicionales en el interior de la vivienda en invierno y reduciéndolos en verano.

Las plantas en las fachadas verdes también aportan beneficios directos al individuo, ya que habilitan espacios urbanos desatendidos o desaprovechados, reducen el consumo hídrico plantar en el caso de la domotización del sistema de riego, permite la recirculación de las aguas grises de los edificios y rebaja las facturas de luz y agua.

Por último, diversos estudios señalan que las fachadas vegetales construidas en el lugar de trabajo, mejora el rendimiento de las personas y reduce sus malestares al crear un entornos natural y verde rodeados de plantas.

Iniciativas como las puestas en marcha en París, que busca reducir en un 75 por ciento las emisiones de gases de efecto invernadero; el proyecto de Ciudad de México, que pretende dotar a una de las ciudades más contaminadas del mundo con más de 60.000 metros de infraestructura verde; el proyecto de la capital de España con su plan Madrid Más Natural, que pretende impulsar los huertos urbanos, parques y plazas más verdes, así como fachadas verdes; o las legislaciones favorables para la inclusión de fachadas vegetales en países como Guatemala, Chile o Alemania, nos impulsa a pensar que aún estamos a tiempo de reestructurar las grandes urbes del planeta para revertir una situación insostenible que nosotros mismos hemos creado.